Generación XXL


La generación extra-extra grande

México, dicen las instituciones de salud nacionales y extranjeras, se está convirtiendo en un país de gordos. Y alertan sobre el creciente sobrepeso. Lo que casi nadie dice es que las cosas son más serias aún: que existe una generación, miles y miles de adolescentes mexicanos, que padecen obesidad mórbida, una enfermedad neuroquímica, evolutiva y mortal que acorta la esperanza y la calidad de vida.

Son los integrantes de “La generación extra-extra grande”, niños y adolescentes con 40 o 45 kilos de sobrepeso, medidas descomunales, propensos a enfermedades vinculadas con la obesidad y que los llevará a la muerte en un plazo no muy largo.

Hoy los niños presentan dolencias antes únicamente diagnosticadas a los adultos: problemas pulmonares, alteraciones respiratorias durante el sueño; cálculos biliares e hígado graso, pubertad precoz, quistes ováricos y atrofia del órgano sexual masculino; diabetes, insuficiencia renal, colesterol alto, hipertensión, tendencia a la trombosis; deformación en los pies, deterioro de la cabeza del fémur y riesgo de fracturas del antebrazo; trastornos neurológicos y psiquiátricos, alteraciones de la visión, depresión...

Por si no bastara, padecen una atroz discriminación y una marcada angustia por la estigmatización.

No. Esta nueva generación extra extra grande no la pasa nada bien.


Por Pedro Díaz G.


Cuando Margarita Boites cursaba primer año en la secundaria número 44, en el oriente del DF, había un chavo de tercero que la perseguía implacablemente.

Le tenía mucho miedo. Mentira. Miedo no, era terror. Ya no recuerda ni su nombre, pero no olvida su cara ni su voz:

“Pinche gorda”, “hay que ir al baño más seguido”, “bolsa de pedos”…

Era tal su angustia que todos los días pensaba cómo hacer para no pasar por ahí y topárselo.

Él nunca se había atrevido a agredirla físicamente. Ni falta hacía. Pero sí la amedrentaba todo el tiempo.

En una ocasión, la ofensa se desbordó: caminaba Margarita por el patio cuando su compañero le aventó un raspado a la falda así, gigante, rojo. Parecía sangre. Se fue al baño a llorar y lloró mucho. Lavaba su falda y lloraba. Lavaba su falda. Lloraba.

Como no entró a clases, sus compañeras la buscaron y al enterarse acusaron al agresor.

La trabajadora social, indignada, llamó a ambos.

Y Margarita se atrevió a decirle al muchacho en su cara todo lo que sentía. “Siento un miedo enorme por ti, pero siento más mucho odio, te lo juro, mucho. Quisiera que te murieras ahorita. Y así, muerto, te escupo”.

La trabajadora social amenazaba al adolescente:

–Te voy a suspender.

–No, por favor, perdóname –suplicaba él a Margarita.

Pero no.

–Nunca te voy a perdonar. Ojalá te murieras.

Tenía 13 años Margarita. Pesaba 110 kilos.

“He sufrido muchas cosas que ni mi familia sabe. Muchas. Fue algo muy fuerte y muy cabrón. ¿Te imaginas, una niña de trece años maldiciendo llena de miedo, ira y rencor? ¿Por qué? ¿Por gorda?”

* * *

Las alertas sobre el crecimiento de la cintura de hombres, mujeres y niños se escuchan cada vez más.

Pero de lo que poco se habla es de otra condición más grave: la obesidad mórbida en adolescentes. Miles y miles de jóvenes mexicanos que integran lo que los especialistas llaman La Generación XXL, la generación extra-extra-grande, en alusión a que su tamaño y peso desbordan las tallas normales.

La Generación XXL está compuesta por miles y miles de adolescentes mexicanos que derrumban los límites conocidos y cargan un sobrepeso de al menos 40 kilos por encima de su talla normal. Son adolescentes con medidas descomunales, propensos a enfermedades ocasionadas o favorecidas por la obesidad que los llevará a la muerte en un plazo no tan largo.

En palabras de los doctores Carlos Robles Valdés y Nelly Altamirano, especialistas del Instituto Nacional de Pediatría: “La obesidad mórbida es una enfermedad neuroquímica, evolutiva y mortal que acorta la esperanza y la calidad de vida”.

Los obesos mórbidos no sólo son discriminados, sino que son visitantes frecuentes en todo tipo de consultorios.

Hoy los niños presentan dolencias antes únicamente diagnosticadas a los adultos. Las enfermedades que hoy los afectan integran un catálogo aterrador:

§ Problemas pulmonares y en vías respiratorias.

§ Asma o alteraciones respiratorias durante el sueño.

§ Cálculos biliares e hígado graso.

§ Pubertad precoz.

§ Quistes ováricos y atrofia del órgano sexual masculino.

§ Insuficiencia renal por diabetes.

§ Trastornos en el metabolismo de las grasas, colesterol alto, hipertensión.

§ Tendencia a la trombosis e inflamación de los vasos sanguíneos.

§ Deformación en los pies, deformaciones de las piernas hacia adentro o hacia fuera.

§ Deterioro de la cabeza del fémur y riesgo de fracturas del antebrazo.

§ Trastornos neurológicos y psiquiátricos, como un ligero aumento de la presión intracraneal, dolores de cabeza.

§ Alteraciones de la visión y depresión...

§ Pero hay algo mucho peor: la baja autoestima.

No, esta generación extra extra grande no lo pasa nada bien.

* * *

No puede ni moverse.

Corre desde la casa para llegar a la escuela y el corazón se le sale por la boca; su agitación sólo termina cuando encuentra su pupitre. En clase de deportes no intenta saltar y durante el día nada de actividad física demandante, nada de nada. Apenas suena la campana, vuelve a esconderse.

Ana Mayra es tan retraída que cada vez que llega una visita a casa, se mete, arropada por la timidez, debajo de la cama.

Tiene seis años y su peso todo se lo impide. Y lo peor está por venir.

En tres meses esta niña encuentra en la báscula a su peor pesadilla. Crece tanto que de calzar del número 19, aumenta al 22. De vestir era talla 6, pero ya se le compra talla diez.

Es enero de 2001 y algo no anda bien. Su cuerpo se agiganta en poco tiempo: los brazos son unos cinco centímetros más largos y dos o tres más anchos de lo normal; comienzan a mancharse de negro los pliegues en codos y axilas; la báscula le informa que ha subido de 20 a 40 kilos.

Despierta con los ojos hinchados por el llanto: nada le duele en el cuerpo, pero se avergüenza porque en el salón ocupa más espacio que sus compañeros de clase.

Lo nota su madre, Ana Medina. La lleva a revisión a la clínica 41 del IMSS. Es una coincidencia que la doctora Rita Gómez acuda aquel día a impartir cursos sobre obesidad. Le ordena hacerse análisis.

El resultado es implacable: como consecuencia de la obesidad, Ana Mayra presenta diabetes tipo dos. Tiene seis años y su metabolismo es un desorden: glucosa alta, triglicéridos altos, alterado el perfil de lípidos.

Salvo Dulce, a quien, sin embargo, se le detecta también diabetes, sus otras hermanas son obesas: Carmen tiene 12 años y ronda los 70 kilos y Jimena, que es una niña de tres años, ya pesa más de 20. Son propensas.

A partir de hoy la cotidianidad da un vuelco. Mayra tomará medicamentos para siempre.

Esto le sucedió a Ana Mayra: la obesidad disparó su diabetes. El exceso de grasas que consumía hizo a su organismo resistente al efecto de la insulina, que es la hormona que ayuda al cuerpo a mantener el nivel adecuado de glucosa en la sangre. Al volverse resistente, el nivel de azúcar aumentó y propició la aparición de diabetes y sus efectos negativos sobre su salud.

Pasan el tiempo y aumenta el volumen en el cuerpo de Ana Mayra. Ya tiene 11 años y son 80 los kilos que carga. Por ello prefiere quedarse encerrada en casa que pasear con sus hermanas por las calles de Santa María Aztahuacán.

Víctima de la obesidad mórbida adolescente, ahora cambia su estrategia contra el mundo: prefiere quedarse callada. Sus labios no pronuncian sílaba alguna. De qué puede hablar una niña que no se siente a gusto con su propia figura. Pasan meses. Pero le va peor. Porque a los calificativos de “gorda” se le suman los de “muda” que la hacen llorar.

Es mayo de 2007.

Se suceden los malestares, los dolores. Falla el organismo de la niña. Ingresa Mayra al quirófano: su vesícula biliar, ese órgano en forma de pera ubicado en la superficie inferior del hígado, que en una persona sana sirve de reserva para la bilis, que, a su vez, ayuda a digerir los alimentos con grasa, no le funciona. Se ha llenado de cálculos. La extirpan.

Su doctora, Rita Gómez, está muy pendiente de la operación. Por la difícil coagulación de la sangre en los diabéticos, para Ana Mayra cada intervención quirúrgica, como la de las amígdalas que le están programando para dentro de un par de semanas, es de alto riesgo.

Ella tiene el futuro definido: toda su vida estará sentada esperando ser atendida en una sala de hospital.

La enfermedad ha sido implacable con Ana Mayra: hoy tiene 12 años y en los últimos meses creció hasta llegar a los 1.71 metros de estatura; calza del 27 y medio.

Pero su desarrollo no ha sido equilibrado: el cuerpo se estiró pero la cara no; su rostro es de un redondo irregular. Tiene pliegues manchados de negro (cantosis nígrica) en los brazos y en las axilas, las uñas de los pies requieren de especial cuidado pues cualquier corte puede hacerla sangrar, y detener la sangre es difícil; siempre utilizará zapatos especiales para diabéticos.

Lo que Mayra veía en el espejo la irritaba. Cerraba los ojos, los volvía a abrir y ahí seguía, devaluándose, pero la tristeza la llevaba directo al refrigerador. A comer hasta que el sueño le hacía olvidarse del espejo, al que volvería días más tarde.

Después de comer se encerraba en su cuarto y preparaba lo necesario para hacer las tareas: libros, cuadernos, plumas, pero lo que jamás faltaba eran dos bolsitas de papas fritas, un par de refrescos y un chocolate cada día. Antes de abrir el libro ya había ingerido al menos una bolsa.

Matemáticas simples: empezó a engordar hasta que tuvo tantos kilos encima que ninguna ropa le entraba: llegó a pesar 75 kilos, era talla 34, y las prendas que le compraban en el tianguis eran cada vez más difíciles de conseguir.

Le angustiaban el peso y las burlas, pero no podía parar. Para que ya no la molestaran, escondía los dulces entre el colchón y el box spring, adentro de los zapatos, atrás de las cortinas, en la jabonera y en las bolsas de los vestidos colgados en el clóset.

El juego del escondite y el engaño a sí misma y a los demás era, para ella, una verdadera obsesión.

La obesidad duele no sólo porque pesa, y mucho, sino porque oprime la vida. Ana ha llorado días y días, pasado incontables noches de insomnio, encerrada en sí misma.

Ana Mayra:

–A veces se siente mucha tristeza, una tristeza profunda por no ser como los demás quieren que seas.

Remata su madre: “La gordura pesa más en el alma que en el cuerpo”.

* * *

La generación XXL está compuesta por niños y jóvenes que comen mal y desaforadamente, que bajo las sábanas esconden la comida chatarra, los panes de dulce, los frascos de mermeladas o los de cajeta.

Capaces de devorar cinco hotdogs, diez o quince tacos y dos o tres tortas de una sentada, varios helados y un par de botellas de refresco de 600 mililitros.

Esta generación es capaz, sobre todo, de asaltar por las noches el refrigerador. La glotonería se considera un pecado capital y el agente que propicia la obesidad son las comidas rápidas y las de alto contenido calórico.

Pero paga por los excesos.

Históricamente han sido el blanco de todo el sarcasmo, de todas las burlas. Ningún sector es tan vilipendiado.

Y la seriedad del problema es tal que la solución ya no puede ser convencional.

Ya no son suficientes las dietas bajas en calorías, el ejercicio y un cambio en el estilo de vida. Tienen pobres resultados, aun si son bien llevadas.

Los doctores Carlos Robles Valdés, jefe departamento de especialidades médicas del Instituto Nacional de Pediatría, y Nelly Altamirano Bustamante, también adscrita a ese instituto, argumentan:

“Cuando el sobrepeso es muy elevado, de 30 a 40 kilos, una dieta de 500 calorías por día, que es la recomendada en pediatría, teóricamente tomaría 560 días para perder este exceso de peso (un kilo de grasa es igual a siete mil calorías). Pero existen mecanismos no bien conocidos responsables de que el proceso de la pérdida de peso se detenga, lo que da por resultado que en la práctica no se logre perder peso”.

En cuanto al ejercicio, el beneficio es “punto menos que imposible porque un esfuerzo moderado” causa trastornos al paciente. De hecho, los obesos mórbidos pueden considerarse afortunados si realizan ejercicios aeróbicos de bajo impacto sin causar lesiones a su columna vertebral, sus caderas o sus rodillas.

La solución, pues, está en el quirófano. Al menos eso es lo que argumentan los especialistas.

Los doctores Robles y Altamirano advierten:

“El problema fundamental de estas medidas es la casi inevitable recuperación del peso. En el 2000 los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos recomendaron al bypass o cinta gástrica como la mejor opción de tratamiento para la obesidad severa”.

Hasta ahora, de acuerdo con la evidencia médica, esta intervención es la única que ha mostrado eficacia a mediano y a largo plazo para aliviar o curar las enfermedades derivadas de la obesidad mórbida: hipertensión arterial, las enfermedades del corazón, problemas respiratorios

En México, con unos 20 millones de obesos, un millón 700 mil son candidatos potenciales a la cirugía.

En Estados Unidos, dicen los doctores en su estudio Obesidad mórbida en adolescentes, La Generación Extra Extra Grande, ante la epidemia de obesidad se está reconsiderando la edad a la que se puede hacer operación. Se busca que no se restrinja a los adultos. En aquel país ya se han operado a pacientes de entre 11 y 19 años.

Pero no es la panacea: “Los pacientes deben comprender que aún con la cirugía no se pueden esperar resultados irreales como tener un peso ideal o debajo del mínimo; que persistirá el sobrepeso, aunque menor”

* * *

Carlos es enorme. Con una estatura de casi 1.90 metros, su tamaño era gigantesco. Ahí está la fotografía, por ejemplo, de su graduación: más de 150 kilos metidos en una gran toga.

Un poco después la imagen era más fuerte: 176 kilos. El pronóstico no era agradable: a ese paso moriría antes de los 30 años.

Carlos sufre para encontrar la postura adecuada, sobre la cama, para ponerse los calcetines. Pero lo peor sucedió el día que al despertar se miró al espejo: terrible.

Carlos siempre ha tenido problemas de peso, desde que se acuerda. Cuando era muy niño “ya era un niño robustito”.

–Hoy estoy en régimen alimenticio. Este desayuno, por ejemplo, es un plato grande de fruta y cuatro claras de huevo con queso. Eso me ha bajado hasta los 124 kilos, en diez meses.

Estudió en la escuela primaria Miguel Hidalgo. Su peor etapa. Horrible.

–Me sentía muy sólo y no tenía amigos que me apapacharan. No. No recuerdo haber tenido ningún amigo En casa no había burlas. Pero cuando llegas ahí, te lastiman. Es bastante duro, pero salí bien librado. Acabé, digamos.

En una ocasión Carlos interrumpió la clase con el estruendo de sus casi 70 kilos cayendo de súbito, ante las miradas y las risas burlonas de sus compañeros.

Ese día estaba sentado en la orilla de un mesabancos donde caben dos niños. Al romperse, quedó una tabla rasgada que le rasguñó la espalda. Las burlas ocuparon todo el salón.

–Fue horrible. Iba en cuarto año. El maestro me defendió. Creo que por eso recuerdo su nombre: Humberto Jaimes Jaimes. Era malo académicamente, un normalista. Pero me defendió.

El dolor físico nunca pudo compararse con la angustia de los años por venir.

–Viví mucho tiempo asegurando que la rompí por mi peso. Porque era una banca normal y yo era el anormal. Pero ya con más lógica piensas que esa banca estaba mal, de algo, que no la pude haber roto: si yo pesaba en ese entonces unos 60 kilos o 70, ¿por qué se sentaban adultos de 80 kilos sin problemas? Yo no la pude haber roto.

Carlos llegó a odiar a mucha gente. Las burlas eran despiadadas.

No es para menos: cuando se está así de gordo uno no sólo es señalado sino que se convierte en un punto de referencia: "Del gordo para atrás", "junto al gordo", "el gordo de allá".

Eso le sucedió. En la escuela empezaron los primeros rechazos dolorosos, sobre todo porque ya le gustaban las niñas.

–Pero, claro, a ti por gordo las chicas no quieren ni voltearte a ver.

Carlos:

–Es muy difícil cuando vas por la calle y pasa el camión de la basura y el camionero te grita…

–¿Qué te gritan?

–Uf… Ene cosas, bien ofensivas. O cuando vas en la calle y te apuntan con el dedo. La gente que ni conoces es muy manchada.

–¿Te has llegado a pelear?

–Varias veces. En una, nos hicimos de palabras, porque me gritó algo. Yo iba en primero de secundaria y en la vida me había peleado. No sabía cómo, pero le dejé ir mi peso y cayó, no fue tampoco la gran pelea. Pero vencí. Gané algo de respeto. Pero no te puedes ir peleando por la vida.

No. No existe el gordito feliz.

Mucho menos, cuando se trata de acudir a entrevistas de trabajo, pulcramente vestido pero con decenas de kilos de peso destrozando cualquier buena presentación y volviendo obsoleto e inservible el mejor curriculum.

Carlos lo sabe. Asistía a una y otra entrevista, pero no lo llamaban.

Una vez, en una empresa farmacéutica, quería entrar como representante médico. Subió los elevadores del World Trade Center. Se acicaló, vistió de trajecito. Todo bien.

Al llegar salió la entrevistadora y no lo recibió.

Fue suficiente con mirarlo, barrerlo de arriba a abajo: le dijo:

–No te puedo hacer la entrevista.

–¿Por qué no?

–Es que en el anuncio decía buena presentación—respondió la mujer.

–Pero vengo de traje.

–No, no te puedo atender.

La razón era obvia: la obesidad. Y le sucedió igual en otro lado, y en otro. Y en otro más.

Hasta que un entrevistador se sinceró: “Dígame, y de su vida ¿qué cosas quisiera mejorar?

–El idioma, tal vez. Mejorar mi inglés...

Pero el hombre fue directo y preguntó:

–¿Qué piensas hacer con tu peso? Porque aquí no te podemos contratar. Muy pocos lugares lo harían.

“Salí muy preocupado, inmensamente triste, tan triste como nunca jamás. Ese día, como ningún otro, llegué a la conclusión de que no existe el gordito feliz. Eso es una farsa”.

* * *

Ya tiene novio Margarita. Se llama Leonel y juntos cursan filosofía. Por su propia condición, por su gordura, pues ya pesa 150 kilos, ella todo se lo perdona. Leonel la hace como quiere.

Él toma mucho, así que un día Margarita lo alcanza en la facultad, lo acompaña a beber y ya borracho Leonel la agrede: “Qué dijiste: a este güey ya me lo conchabé. No, gordita chistosa, ni lo pienses...”

A ella no le importa. Todo lo soporta por irse con él, como se lo había prometido: “Quédate a dormir conmigo”, le pidió Leonel.

Ella, fascinada: “Sí, órale. Sí, sí…”

Pero luego la insultó: “No, mejor me quedo con la otra chavita que me vino a ver”.

La burla le encendió la sangre. Margarita tenía una cuba en la mano y estalló:

“¡Qué te pasa! Eres un pobre pendejo, y yo más de pinche imbécil, por estar aquí oyéndote. Pinche mono. ¡Chinga tu madre cada vez que te lata el corazón. Cada vez que respires!”.

* * *

Lo dio a conocer hace tres semanas el Instituto Mexicano del Seguro Social: en 10 años seremos el país con más sobrepeso del mundo si no se toman medidas.

México ocupa actualmente el segundo lugar en el escalafón mundial de sobrepeso, según la Organización Mundial de la Salud. Y en una década será el país con más gordos del planeta.

Cada vez es más frecuente ver a un niño de siete u ocho años con el peso de un adulto, con 60 kilos.

Casi el 70 por ciento de los mexicanos, algo más de 70 millones de personas, tiene problemas con el peso, ya se trate de obesidad (cerca del 40 por ciento) o de sobrepeso (sobre el 30), de acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud 2006.

La razón hay que buscarla principalmente en la influencia de la comida rápida o la comida chatarra en la dieta tradicional mexicana, especialmente en las zonas urbanas.

Hamburguesas, pizzas y refrescos, de los que México es el primer consumidor mundial por persona, restan espacio a los alimentos más sanos.

Dice el estudio del doctor Robles Valdés:

“Evidentemente el tamaño de un refresco de cola de 195 mililitros de los años 50 comparado con uno de 600 de los años 90 del siglo XX, aumentó de 85 a 350 calorías (más del 400 por ciento; una hamburguesa de 333 calorías aumentó a más de 600. Y así ha sucedido con todos los alimentos procesados mal llamados ´chatarra`...”

Donde más preocupación existe es con respecto a niños y adolescentes. Los datos más recientes son alarmantes:

A) en los últimos siete años la obesidad en niños que cursan la educación primaria en México creció 33 por ciento y se estima que 61 por ciento de la población nacional sufre de sobrepeso.

B) 26 por ciento de los niños entre cinco y 11 años padecen obesidad por los malos hábitos alimenticios, el consumo de productos con alto contenido de calorías y el sedentarismo.

C) La obesidad en México muestra tendencias riesgosas para la salud pública del país, ya que en 1988 se demostró que 35.1 por ciento de las mujeres padecían de sobrepeso u obesidad, en 1999 esta cifra se elevó a 52.5 por ciento y la más reciente Encuesta Nacional de Nutrición y Salud, de 2006, señala que 71.6 por ciento de las mujeres mexicanas padecen sobrepeso u obesidad, mientras que del sexo masculino 61 por ciento de la población nacional lo padece.

* * *

Los niños no están comiendo bien. Por eso no es normal que a tu hijo de seis años le llamen en la escuela “Paquita la del Barrio” o que aseguren, por su parecido, que es “el hijo de Paco Stanley”.

Esa combinación de dietas erróneas, aunada a la falta de ejercicio, ocasiona no sólo exceso de peso sino personas mórbidamente obesas. Y esto no es un mero calificativo.

Significa que su inusual tamaño les conducirá inevitablemente a una muerte prematura por enfermedades como diabetes tipo dos o enfermedades cardíacas.

Erika Ivonne se enfermó la semana pasada. A sus 33 años cayó en el doctor, quien le advirtió sobre la posibilidad de diabetes por sobrepeso, Ella, preocupada, pensó en Axel.

–Tengo un hijo con problemas de peso. Tiene seis años pero está súper gordito.

–Tráigalo cuanto antes.

Y sí, esta tarde de miércoles regresan del doctor directo a la charla. Estamos en la calle de Estrella, en la colonia Guerrero, en el centro del DF. Héctor y Emma son los anfitriones. Son los padres de Axel y de Perla, otra pequeña de siete años con más de 40 kilos de peso.

La familia Flores luce un tanto apesadumbrada. Nunca antes se les ocurrió enviar a Axel al médico pues hasta ahora no ha presentado alguna enfermedad relacionada con su peso.

–¿Qué come Axel?

–Como mucha carne, mucho refresco, de manzana –responde el pequeño, envuelto en la sonrisa de sus seis años.

Pero son sus padres los que, a grandes rasgos, hacen un balance de lo que su hijo se lleva a la boca cotidianamente:

Todo tipo de chocolates, pero en particular lo vuelve loco el huevo kinder sorpresa. Come todo tipo de cosas, le encantan las hamburguesas, los hot-dogs... la pizza hawaiana le fascina, ah, pero el refresco...

Su régimen alimenticio se compone más o menos de esto:

En el desayuno: leche con pan, dos sandwiches que se lleva para el recreo: de jamón con queso. Aunque a veces le dan dinero para comprarse otro más en la escuela. O sea: tres. Un chocomilk de tetrapack, y un jugo.

Para la comida a Axel le espera una sopa aguada y un guiso, generalmente carme. Pollo, verduras, pescado. Come mucho atún. Refresco.

Dice su madre:

Y para la cena, otro cubito de chocomilk en tetrapack, o leche con pan. Y tacos de pechuga con queso. A veces un licuado de chocomilk o de plátano, con dos yemas de huevo.

–Pero Axel es fritanguero de corazón –revela Raymundo Flores–: tortas, tacos, tamales, tortillas. Le encantan. Comemos mucha carne, todos los días. Y como tenemos un familiar en un puesto de San Cosme, de carnitas y longaniza, pues a diario vamos.

Los Flores Rodríguez son tres, Nailea, de 11 años; Axel de seis y Sharon, de tres años.

En el centro de salud los mandaron a hacerle algunos estudios. “Nos pidieron que lo metiéramos a hacer algún ejercicio y les cambiemos la alimentación”.

Dice convencido Raymundo Flores:

–Si crecen y siguen comiendo así, van a tener muchos problemas.

Axel, por ejemplo, no puede utilizar los pantalones de mezclilla. No hay tallas para él. O le aprietan o le nadan.

–Por eso siempre lo verás así: de pantalones cortos y con ropa más holgada. Es lo que le hace sentir más cómodo.

* * *

Margarita sufrió cierta velada discriminación familiar. De numerosa familia, tuvo la mala suerte de que su padre fuera doblemente discriminador. No soportaba a los morenos ni a los gordos. Y ella, desde niña, fue un motivo de vergüenza para él e incluso para sus hermanas.

Rosario, por ejemplo, siempre la trató mal. Y hasta su padre le dijo alguna vez: “Pues qué pasa contigo. La Chayo o la Chona comen mucho más que tú. No entiendo por qué estás tan gorda”.

La agresión venía del mismo seno familiar. A su hermana Rosario, 13 años mayor que Margarita, le daba mucha pena salir con “la gorda”. Y le pegaba a escondidas.

Pero lo que nunca olvidará Margarita, quien ha llegado a pesar 150 kilos, es que Rosario tenía como novio al dueño de una paletería: José Luis y que Margarita la acompañaba a verlo a cambio de comerse una paleta.

Preguntaba José Luis:

–Oye, por qué Margarita está tan gorda. ¿Qué no le ponen atención?

Pero a Rosario le daba pena. No respondía nada.

–Y yo pensaba: por qué no le decía: “Con mi hermanita no te metas, güey. O qué chingaos te importa esté como esté, tú y yo somos novios, pero ella qué”. Pero no. Al contrario. Rosario me insultaba o me hacía llorar delante de la gente. Y me amenazaba: “A ti no te compro ropa porque no te queda”.

Ahora sale con que sufría mucho por mi gordura. No creo que nunca tanto como yo.

La discriminación no cesa. Hace poco –cuenta Margarita Boites– me subí a uno de esos peseros que son combis. No había lugar atrás, pero sí adelante, al lado del conductor. Trabajosamente me subí, pero al sentarme escuché así, muy bajito, su reclamo. Me dijo: “si no me pagas doble, no te subes”. Pero ya estaba arriba: ¡pretendía bajarme!

Yo le contesté también así, como en un murmullo:

“Cóbrame triple, pero no lo digas fuerte; no lo grites, por favor”.